Cómo manejar el estrés cuando se vuelve constante

El estrés se puede vivir de forma aguda o crónica. Cuando es agudo —un mal día, un mal momento— genera tanto ruido emocional que es imposible no prestarle atención. Lo ves, y si tenés las herramientas, hacés algo al respecto.

El estrés crónico, o constante, es de otra naturaleza. No llega de golpe. Se construye lento, en silencio, sin un momento puntual que te haga notarlo. Pasa desapercibido. Lo que hoy sentís como una molestia pasajera, con el tiempo, se acumula hasta convertirse en algo que te acompaña constantemente, como un zumbido de fondo. Lo llevás al trabajo, a tus conversaciones, a momentos que jamás imaginaste que podían generarte estrés.

Si estás empezando a sentir que estás estresado todo el tiempo, es porque el estrés constante ya se instaló en tu día a día. Y aprender cómo manejar el estrés es una de las herramientas más importantes que vas a construir.

Al principio, el estrés era una consecuencia de tus circunstancias. Lo sentías a veces en el trabajo, cuando había una entrega por cumplir o en una reunión con tu jefe por un proyecto. O tal vez cuando te juntabas con tus padres, con quienes tenés una relación tensa. Pero, de a poco, esto empezó a cambiar. Después de un día pesado en la oficina, o de una charla incómoda con tus padres, un poco de ese estrés te acompañaba en el viaje de vuelta a casa. No mucho, pero estaba ahí, de fondo.

Y un día te das cuenta de algo. Está con vos todo el tiempo — no solo en las situaciones que antes te lo generaban, sino en otras que nunca lo habían hecho. Lo escuchás en tus pensamientos, lo sentís en tus emociones y en tu cuerpo. Hagas lo que hagas, ahí está. Y lo peor es que se filtró en momentos que no solo nunca fueron estresantes, sino que antes te hacían feliz. Esto es lo que es el estrés constante. No es un mal día ni una mala semana. Sentirte estresado se convirtió en tu estado por defecto.

Salís con amigos y te encontrás siendo impaciente con ellos, entrando en discusiones todo el tiempo, juzgándolos por las decisiones que toman. No podés disfrutar de un momento tranquilo en casa, viendo una serie o una película. Te sentís agitado, molesto, y no lográs quedarte quieto más de unos minutos. Sentís la necesidad de moverte, de estar siempre haciendo algo, porque cuando no lo hacés, una voz en tu cabeza empieza a juzgarte, a juzgar cómo estás usando tu tiempo, a juzgarte por estarlo desperdiciando. Esto es lo que significa vivir con estrés — deja de ser una reacción a una situación puntual y se convierte en la forma en que experimentás todo.

Cuando el estrés se vuelve parte del día a día

Por qué el estrés se acumula en la mente y el cuerpo

Entender el estrés solo como una emoción es tener una comprensión incompleta de lo que realmente es. El estrés es tanto una sensación como una emoción, y esa sensación termina afectando negativamente tus pensamientos.

Como impresión que afecta tus emociones, o mejor dicho, tu Mente Emocional, el estrés es como una pared que te va acorralando hacia un rango limitado de emociones negativas, sin dejarte otra opción. Te atrapa en la impaciencia, la irritación, la ansiedad, la impotencia, la frustración, la apatía, el resentimiento, los celos, etc. Según la persona, a veces estas emociones negativas se expresan hacia afuera, es decir, se proyectan sobre otras personas o situaciones. O pasa al revés: se expresan hacia adentro, hacia uno mismo, y las consecuencias son baja autoestima, tristeza, autocrítica, etc. Y, lo peor de todo, es que si este estado se sostiene demasiado tiempo, puede derivar en depresión.

Como impresión que afecta tus sensaciones, tu cuerpo, tu Mente Física, el estrés eleva la corriente eléctrica que recorre tus nervios y músculos. Activa tus impulsos y reflejos instintivos. Tensión y contracción muscular. Aumento del ritmo cardíaco y la presión arterial. Malestar estomacal e inflamación digestiva. Fatiga, alteraciones del sueño, donde no lográs dormir lo suficiente o dormís demasiado. Así es cómo afecta el estrés al cuerpo. Acá es donde estrés y agotamiento dejan de ser dos cosas separadas. Donde normalmente estas reacciones instintivas son necesarias frente a una amenaza o un peligro real, ahora se volvieron tu estado constante, sin importar la situación en la que estés, ya sea en el trabajo o en cualquier otro ámbito de tu vida.

Con esta base podés entender mejor por qué aparece el estrés. Aparece porque hubo una acumulación lenta de reacciones emocionales y físicas que terminaron en un estado de estrés constante. Lo que al principio eran respuestas a una situación puntual, ahora se convirtió en el estado normal que vivís todos los días.

Y esta acumulación pasó justamente por esa repetición. Se repitió más veces de las que pudiste procesar conscientemente. Entonces tu cuerpo, tu Mente Física, tomó una decisión por su cuenta: era más seguro quedarse en estrés que arriesgarse a que lo agarraran desprevenido otra vez. No porque no puedas con las situaciones o las personas que te generan estrés, sino porque una parte tuya dejó de creer que podías. Esa creencia es la trampa. Y las creencias, a diferencia de las amenazas, se pueden trabajar.

Herramientas para empezar a manejar el estrés

Hay muchas herramientas que podés usar para empezar a aprender cómo manejar el estrés, herramientas que trabajan sobre la manifestación del estrés en cada parte de tu psicología, en cada una de tus mentes.

Hoy me gustaría enfocarme solo en dos, que si empezás a practicarlas, pueden generar un cambio bastante rápido en tu nivel de estrés. Debajo de estas dos herramientas hay algo que tenés que empezar a practicar ya mismo. Es la base de la que depende que cualquier esfuerzo por manejar tu estrés realmente funcione.

Ese esfuerzo de base es la Autoobservación.

Sin autoobservación, muy poco es posible, y muy pocos de tus esfuerzos van a tener el efecto correcto. No es solo la forma en que podés ver lo que pasa dentro tuyo, sino también la forma en que empezás a entender qué hacer al respecto. Una vez que tenés una imagen más clara de cómo te está afectando el estrés, y qué partes más que otras, podés empezar a entender qué pasos tomar para ir bajando algo de esa presión. Ahí es donde realmente se empieza a aprender a manejar el estrés.

A partir de la autoobservación, la primera herramienta que quiero compartir es el ejercicio físico. El ejercicio físico es uno de los esfuerzos más inmediatos que podés hacer ahora mismo para reducir el estrés. No es un hábito fácil de incorporar para mucha gente, y tal vez tampoco lo sea para vos. Pero no puedo dejar de remarcar lo importante que es, y por qué lo es. Acordate de lo que hablamos antes, de cómo el estrés impacta tu cuerpo y cómo tu cuerpo está siempre alerta, siempre en guardia. Tiene un exceso de energía que está usando para mantenerse alerta. Es esa energía sobrante la que necesitás empezar a usar de a poco, de forma constructiva, a través del ejercicio. Si no lo hacés, va a empezar a invadir tus pensamientos, a invadir tus emociones, y a generar un caos psicológico que, de hecho, ya está generando.

Con ejercicio físico no me refiero específicamente a ir al gimnasio. Puede ser suficiente para algunos, pero no para la mayoría. Uso el término ejercicio físico para incluir muchas más actividades que cumplen el mismo propósito, pero que no necesariamente requieren que vayas a un gimnasio. Todos los deportes te dan no solo el desgaste físico que estás buscando, sino que además vienen acompañados de interacción social. Escalada, natación, paddle, fútbol, tenis, básquet, vóley. Clases de aeróbicos, pilates, yoga, running, clases de baile. Todo esto cumple tu propósito: mantenerte activo, transpirar un poco, quemar esa energía física sobrante que corre por tu cuerpo.  Incluso salir a caminar, pero una caminata larga y rápida, de esas que te hacen transpirar, también cumple este propósito. Porque ya sabés lo que hace esa energía sobrante. Te sentís inquieto todo el tiempo. No podés tener un momento de calma con vos mismo. Sentís que estás atrapado en tu propio cuerpo.

La segunda herramienta tiene que ver con tu imaginación.

La imaginación es una capacidad intelectual que tenemos para formar una imagen o una idea de algo. Es una de las razones por las que somos seres creativos. Pero si dejamos que la imaginación haga lo que quiera, sin ningún límite, rápidamente cae en la preocupación y, inevitablemente, en una fuente que nutre al estrés aún más. Por eso tenés que observarla: todo lo que dice, cada argumento que imagina, cada situación que crea, porque la imaginación toma a una persona, una situación o una emoción y la amplifica fuera de toda proporción. Te atrapa en imaginaciones irreales sobre lo que podría haber pasado o lo que podría llegar a pasar. Amplifica una emoción negativa mucho más allá de lo razonable, y con eso te arrastra más profundo en el estrés.

Cuando la imaginación empieza a girar en torno a una situación o a una persona que te genera negatividad, amplificando emociones negativas en vos, observala, atrapala a tiempo, y después, decidí no participar en ella. Da un paso atrás. Desidentificate. No va a ser fácil, pero da resultados. Vas a escuchar una voz en tu cabeza justificándola. Pero esa justificación tiene un costo. Ese costo es tu paz interior. Lo único que te da a cambio es más estrés. ¿De qué sirve participar en una imaginación justificada si te deja en un estado de angustia?

El estrés no apareció en tu vida de un día para el otro, y tampoco se va a resolver así. Lo que leíste acá no es una solución única, pero sí es un buen punto de partida. La autoobservación, el ejercicio físico, y aprender a observar tu imaginación negativa, eligiendo no participar en ella, dando un paso atrás: son los esfuerzos correctos. Son la base para instalar los comportamientos que se van a sostener mientras los practiques. Lleva tiempo, pero es posible.

Manejar el estrés no significa eliminarlo. Eso no es posible para nadie. El estrés cumple una función, pero en las situaciones correctas. No cuando se convierte en el estado desde el que enfrentás la vida. El trabajo es buscar reducir el estrés lo suficiente como para que cumpla su función sin desbordarse hacia momentos donde no solo no hace falta, sino que además te arruina la paz interior.

Poco a poco, a medida que hagas el esfuerzo y construyas nuevos hábitos, vas a empezar a recuperar tu equilibrio. No un equilibrio donde el estrés no existe, sino uno donde el estrés no decide cómo experimentás la vida. Esa decisión tiene que ser tuya.

Conclusión

Este es el tipo de trabajo que desarrollamos en las sesiones de terapia, donde a través de un proceso terapéutico y un acompañamiento es posible comprender el estrés que estás viviendo y empezar a recuperar el equilibrio. Si sentís que esto te está pasando, podés dar un primer paso y agendar una consulta inicial de 30 minutos.

Rilind Tairi

Bachiller en Filosofía con especialización en Psicología — Universidad de Auckland

Creador de Psicosomatología, un marco integrativo que trabaja con las tres partes de la psicología humana: la Mente Intelectual, la Mente Emocional y la Mente Física. Llevo más de 6 años acompañando personas en terapia personal, de pareja y desarrollo profesional online y en persona.